Nuestro mundo moderno es muy moderno y le debe mucho a personas que inventaron magníficos aparatos para resolver grandes problemas. Eso nadie puede ponerlo en duda, aunque siempre habrá algún boludo con ganas de discutirlo.
Hay cientos de libros y relatos sobre esos inventos que lo cambiaron todo, destacando el talento y la inteligencia de mentes brillantes dispuestas a impulsar el progreso. ¿Quién no sabe que Thomas Edison inventó la bombilla incandescente y con eso la iluminación pública? Bueno, ahora hay gente que no conoce el nombre de las calles de su barrio y piensa que algo concreto debe ser discreto…
O que la peritonitis es un tipo de cante flamenco…
Pero resulta que una parte sorprendente de la modernidad tiene sus raíces en actividades aparentemente disparatadas, como la magia y los juguetes.
Y los juegos y otras estúpidas banalidades humanas.

El País de las Maravillas – Cómo el juego creó el Mundo Moderno – es un libro de historias interesantes y también una inspiración para innovadores en prácticas. Porque no solo las cosas serias se han inventado experimentando para lograr satisfacer necesidades, el esparcimiento y el entretenimiento han tenido su contribución en el asunto.
¿Qué tendrá que ver la compra callejera de ropa con las tiendas londinenses y la revolución industrial? Hasta la aparición del centro comercial Le Bon Marché, ¿existía una verdadera industria de servicios? El placer de escuchar y ejecutar música empujó la creación de las primeras máquinas programables hasta derivar, por ejemplo, en el teclado de la Remington N1 de 1874. ¿Te imaginas la revolución digital sin la facilidad que ofrecen las teclas?
El País de las Maravillas – Cómo el juego creó el Mundo Moderno – nos cuenta historias olvidadas y mal aprendidas por culpa de la seriedad científica. Desde el antojo por la pimienta, la vainilla y otras especias utilizadas para equilibrar “los cuatro humores”, hasta la linterna mágica de doble lente y sus espectáculos teatrales, borrados del mapa por una novedosa tecnología llamada cine.
A lo largo de los tiempos nos hemos entretenido a gusto con lo que teníamos a mano.
Ahora bien, los incansables ingeniosos nos dieron más y mejor.
Al ajedrez le tocó globalizar el mundo y desafiar a los ordenadores.
Los olmecas, aztecas y mayas fueron incapaces de inventar la rueda, pero jugar con una pelota era un elemento central de su cultura.
Las 118 tabernas encontradas en Pompeya no eran espacios de trabajo ni de adoración, menos aún hogares familiares. Esas casas públicas para beber y disfrutar sentaron las bases de la libertad de expresión.
También la naturaleza, antes despreciada y abominable, tuvo que esperar a que un innovador atrevido conquistara la cima del Mont Blanc para transformar nuestra visión y darle forma al turismo alpino.
Jugando y jugando hemos inventado cosas para no aburrirnos.
¿Alguien sabe qué sucederá cuando la IA pretenda emularnos?
| Autor: Steven Johnson
| Editorial: Granica, 2021
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